julio 20, 2024
Borracheras de aire comprimido y otros excesos submarinos | Ciencia

En la novela de Francisco Goldman titulada Marinero raso nos encontramos con la dura realidad de un barco fondeado en el muelle de Brooklyn. Se trata del Urus, un carguero donde su tripulación se consume a la espera del aviso para hacerse a la mar. Uno de los marineros es un antiguo pescador de langostas que decidió abandonar la inmersión submarina desde que un día vio una sirena rubia haciéndole señas en el fondo del océano; una visión que no forma parte de un delirio literario, ni mucho menos, sino de una verdad científica que recibe el nombre de síndrome de descompresión o enfermedad de Caisson (enfermedad de los cajones).

El nombre viene de los cajones hidroneumáticos utilizados en la primera mitad del siglo XIX, una especie de gavetas a las que se les insuflaba aire respirable para que los obreros se mantuvieran largo tiempo bajo el agua y así pudiesen realizar sus trabajos. Tras el retorno a la superficie, los obreros presentaban síntomas tales como mareos, manchas en la piel, dificultad para respirar, hormigueo y dolores sordos en las articulaciones. Pero había casos más serios, había obreros que presentaban daños neurológicos.

Sin ir más lejos, durante la construcción del puente de Brooklyn —entre 1870 y 1883— a los tres obreros muertos habría que sumar los que se quedaron con parálisis permanente. El ingeniero jefe, Washington Roebling fue uno de ellos. Los síntomas de dicha enfermedad, ya fueran leves o graves, se deben a la presencia de burbujas de gas inerte (nitrógeno o helio) en el organismo de las personas que lo respiran durante la inmersión.

Para entendernos: cuando buceamos con bombona, aumentamos la presión de los gases que respiramos; por ello, en nuestro descenso, al aumentar la presión, aumentamos el nitrógeno que lleva el aire comprimido de la bombona, lo que provoca su entrada en los pulmones, desde donde pasa a ser absorbido por nuestro organismo. Cuanto más bajemos, más tiempo pasaremos expuestos a su presión.

Por eso, a partir de los 90 metros tendremos más riesgo de sufrir la denominada narcosis por nitrógeno, que es lo que le sucedió al personaje de la novela de Goldman cuando vio a la sirena. Es cosa común perder la alteración del estado de conciencia, conseguir lo más parecido a una borrachera donde no resulta raro ponerse a hablar con los peces, incluso invitarlos a fumar un pitillo. Es un hecho real que puede suceder.

Con todo, la narcosis por nitrógeno puede evitarse si en la mezcla de la bombona, el nitrógeno lo cambiamos por helio, ya que, el helio no intoxica tanto como el nitrógeno. Pero en inmersiones profundas de más de 180 metros, el helio puede presentar problemas; el sistema nervioso también se puede ver dañado y cuando esto sucede empiezan las sacudidas.

Por tales motivos, el buzo de la novela de Goldman deja de pescar langostas y se enrola en un carguero que no ve la hora de zarpar. O tal vez sí, cuando la Estatua de la Libertad eche a andar por las aguas, a decir de otro de los personajes de esta historia coral donde las voces se cruzan unas con otras siguiendo su propia derrota.

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