abril 19, 2024

El 3 de octubre, hace poco más de un mes, @rayomcqueer subía otro vídeo a su canal de TikTok. Hasta esa fecha era Carmen Merina (24 años), una graduada en Bellas Artes por la Universitat Politècnica de València con unos cientos de seguidores “y carne de hostelería”. Sin embargo, con este vídeo –a partir de la tendencia viral #cosasquemedanigual– ha recibido ofertas de las principales agencias de influencers, negocia sus primeras campañas de publicidad en su perfil y, en definitiva, encara la posibilidad de dejar de ser camarera por la vía de la creación de contenido.

Merina es cordobesa, aunque trabaja y vive en Granada. Desde los 16 años ha encadenado todo tipo de “curros precarios como camarera”. Esas experiencias, de Londres a París, le han permitido “tener idiomas, porque los guiris en España te hablan sin contemplar la posibilidad de ni siquiera saludarte en tu lengua”. Lo que considera un “talento innato para socializar” le ha permitido un ascenso reciente, curiosamente, después de que su crítica se convirtiera en el vídeo que muchos usuarios de X han utilizado para compartir este trauma laboral: todo lo que puede resultarte indiferente sobre lo que ocurre en tu empresa cuando cobras 5 euros la hora. A este viral le han seguido otros, y a estos, la primera comunidad de haters con la que lidia.

Pregunta. ¿Bellas Artes le aportó algún conocimiento performativo como para sentirse tan cómoda ante la cámara?

Respuesta. Creo que no. Me siento así de cómoda porque llevo toda la vida grabándome, siendo una mamarracha y criticando. Me encanta hablar con la gente. Por eso digo que soy carne de hostelería. Además, se exige mucha rapidez mental porque hay clientes que quieren jugártela, encargados a los que les falta ponerte una navaja en el cuello y, claro, tus habilidades afloran. Pero vamos, que performando en las redes estoy en mi salsa.

P. ¿Hasta hace unas semanas, cómo era su relación con las redes?

R. Una relación tóxica. A menudo, más perjudicial que otra cosa, porque la comparación ‘de ti con todo’ es inevitable. Pero también he de decir que de no haber estado en Twitter [X, ahora] desde los 16, de verdad, no sé qué tipo de persona o qué pensamiento político tendría ahora. Es que no sé quién sería. Me ha permitido seguir a gente a partir de la cual me he ido ordenando mentalmente y en el mundo, supongo. Si no, ¿cómo?

P. ¿Qué le aportó su formación universitaria?

R. Bellas Artes era, sencillamente, una carrera no muy complicada, en una ciudad con un tamaño y una vida social y cultural ideal para pasarme cuatro años… socializando.

P. Su primer viral tiene una estructura de sketch perfecta. Presenta al personaje, usted, luego genera un clima ascendente de situaciones y lo resuelve con un giro inesperado. ¿Lo preparó?

R. Para nada. Cero por ciento. Estaba desayunando y vi que una chica había subido el ‘cosas que me dan igual’ de trabajar en McDonald’s y me dije, allá que voy, de una. Estoy pensando todo el día en las cosas que digo en ese vídeo, así que hablo así y me encanta criticar. Y luego supongo que me influye haber visto millones de videos. No sé si habré interiorizado la fórmula, pero es que a día de hoy pienso así y hablo así.

P. Ese vídeo tiene un mes y usted ya ha fichado por una agencia de representación y ha ido a un programa de prime time en televisión. ¿Cómo lo está gestionando?

R. ¡Pues de maravilla! Encantada. A lo mejor esto dura un rato, cuatro días. El único inconveniente es que, justamente, me han ascendido en la cafetería. Pero lo último de lo que me podría quejar es de, por fin, ganar más de mil euros por echar allí las horas.

P. ¿Cómo encaja que algunos influencers insistan en lo exigente que es su trabajo?

R. Mira, puede ser tedioso. Yo ayer me senté por primera vez delante de un calendario para organizarme la creación, y bueno, lleva lo suyo. Pero ahora estoy recibiendo mis primeras campañas y, sin ser nadie, me ofrecen 600 euros por un post. ¡600 euros! Hasta hace cuatro días, literalmente cuatro días, trabajando un mes entero no ganaba eso. No han debido trabajar a jornada partida por 500 euros. Si lo han hecho, no puedo entender cómo se les ha olvidado.

P. Aunque ya ha conseguido buenas cifras con otros vídeos, parece haberse granjeado cierta comunidad de haters por el viral de la precariedad. ¿Cómo lo gestiona?

R. El CEO de cualquier empresa sabe que mi trabajo es más válido para él que su empresa para mí. Sé perfectamente que no son los amos de ninguna multinacional los que se han dedicado a criticarme. Reconozco ese tipo de perfil, sé las opiniones que tienen y a la mínima te llaman “vaga y maleante”. Definitivamente, no es mi nicho de público y, además, todo está aquí dentro [señala el móvil]. Capaz que se acalla con no mirarlo.

‘RayoMcqueer’ posa con un móvil con un vídeo suyo.Fermin Rodriguez

P. Hace poco posteó en X: “me estais siguiendo un montón d pronombres seguidme tmb en ig pero nunca me sigáis por la calle” [sic]. ¿Qué te da miedo de la fama en redes?

R. Pues solo eso, el acoso callejero. El acoso de las redes, que me está llegando toda la homofobia, transfobia y lo que te imagines, no me preocupa mucho. Pero lo de que me sigan físicamente me da miedo. Bueno que, es una cosa, que a las mujeres nos da miedo todo el tiempo, así que supongo que lo que me da miedo es tener más miedo por eso.

P. Entre otros temas, le ha dedicado un vídeo a las páginas de búsqueda de empleo [interrumpe].

R. Bueno, es que ¡cómo no! Es que es una de las cosas a las que vengo dedicando mi vida desde siempre. ¡Y qué material hay ahí! Las ofertas que leo siempre son un poco peores que las del mes anterior. Siempre te sorprenden. Son muy ingeniosos en el mal. Cuando me preguntan, ¿tú qué red social dejarías? Siempre digo, pues no sé si LinkedIn o InfoJobs. Pero ahí sigo, entrando, en plan masoca, una chica más que es esclava del sistema.

P. Quizá no le haga falta volver a usarlas. ¿Le gustaría vivir de la creación de contenido?

R. ¿Me he puesto a ello en serio? Sí lo digo. ¿Por qué? Porque me gustaría vivir del cuento. No sé si esto de vivir del cuento es ofensivo para alguien, pero para mí no. Y punch [y punto, en su jerga].

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